lunes, 8 de febrero de 2016

Memorial del Convento

El jueves pasado comentamos una novela difícil pero imprescindible, de uno de los grandes de la Literatura contemporánea: Memorial del Convento, de José Saramago. Su obra, merecedora del Premio Nobel de literatura, está considerada por los críticos de todo el mundo como una de las más importantes de la literatura contemporánea y un tratado a favor de los derechos humanos y del sentido común.
 


Memorial del Convento

Es una novela histórica pero con muchos matices. Cuenta un hecho histórico real: Juan V, rey de Portugal desde 1681, mandó construir el convento de Mafra en 1717. Pero el proyecto fue creciendo, se fue haciendo más ambicioso y acabó siendo un  Palacio, un Panteón Real que se terminó de construir en 1730 y en el que llegaron a trabajar más de 52.000 hombres que hicieron llegar de todo el país.
Hay una recreación impecable de ambientes y eventos de la época, que describe con todo lujo de detalles y hay personajes reales.

Al igual que ocurre en todas las novelas históricas hay personajes ficticios: Blimunda, una mujer que tiene el don de ver dentro de las personas. Y Baltasar, un ex soldado que perdió la mano en la guerra y que intenta adaptarse a su nueva vida. Estos personajes inician una historia de amor preciosa, un amor puro, incondicional y al margen de los convencionalismos sociales de la época, son un contrapunto a la relación estrictamente de conveniencia de los reyes y preocupados en tener descendencia.

Sin embargo, Saramago introduce elementos fantásticos, maravillosos, nos habla de historias que no podían haber ocurrido, y en este punto es fundamental otro personaje: Bartolomé Lorenzo, (sacerdote brasileño precursor de la aeronáutica). Está empeñado en construir un vehículo con el que volar, una “passarola”. Realmente lo diseñó, pero Saramago introduce aquí un elemento fantástico, ya que la manera de hacer volar al artilugio es introduciendo en unas esferas las voluntades de las personas. Las voluntades están en el interior, como el alma, y Blimunda, con su capacidad de ver en el interior de las personas, las puede ver cuando salen del cuerpo de sus dueños, atraparlas en un tarro y utilizarlas para el invento. Entre los tres se embarcan en este proyecto con ilusión, con entrega, y se crea entre ellos un ambiente de esperanza que no es el que corresponde a la época en que viven.

La manera de Saragmago de contar esta historia es desde un punto de vista crítico, es una visión de una época pasada pero visto desde la perspectiva del tiempo, y expresa sus ideas constantemente. Cuestiona la historia oficial, triunfalista del rey y su gran obra para ponerse de lado de los anónimos, de los hombres que trabajaron de obreros en unas condiciones infrahumanas. Con su tono irónico y burlesco nos muestra la otra cara de la historia, la de los personajes olvidados, vulnerables.

El estilo es complicado: Saramago escribe con frases largas, con un lenguaje barroco; sin signos de puntuación en los diálogos, introduciendo reflexiones, introduciendo relatos dentro del relato… Es un lenguaje poético, con enumeraciones y repeticiones que producen un ritmo y una cadencia muy marcados.

En Memorial del Convento están muy presentes y además de una manera muy evidente las ideas y los valores del autor: la importancia de los sueños, la fuerza de la curiosidad intelectual, el deseo de saber, que ennoblece a estos personajes marginales. Está muy presente la idea de la injusticia, representada por el poder de la monarquía absoluta, y por la Iglesia. El sentido de la libertad frente a los convencionalismos, la falsedad y la Religión mal entendida, que se basa en prejuicios e imposiciones.
 
Pero sobre todo es una apuesta por la vida y el amor, la bondad, la sencillez y la belleza frente al despropósito de la vanidad y la falsedad del discurso oficial.